Luminum (2022)

Viajar en la imagen.

El encanto puede provenir de las cosas más ínfimas, como un extraño punto de luz a lo lejos donde no debería haber antena alguna, o el desplazamiento misterioso de un halo luminoso en el horizonte crepuscular. O, quizás, el embeleso por estas imágenes provenga de una creencia electrizante. Desde principios de los años 90, Silvia y Andrea, se dedican a la investigación y al estudio del fenómeno ovni. Asentadas en la zona de Entre Ríos, las ufólogas, que además son madre e hija, pasan las noches observando el cielo sobre el Río Paraná en la búsqueda de cualquier destello o fuente lumínica que pudiera ser indicio de la presencia extraterrestre. Los materiales recopilados por las mujeres forman parte del acervo del Museo del Ovni situado en la ciudad de Victoria, espacio llevado adelante por ellas mismas y que reúne libros, fotografías, videos e incluso objetos y reproducciones relacionados con el avistamiento de objetos voladores no identificados.

Dirigida por Maximiliano Schonfeld, Luminum es una película con brillo propio que juega con nuestras fantasías más cándidas. Cada elemento presente dentro de aquel cobertizo de paredes azules busca capturar las pruebas tangibles de la existencia alienígena, y, con el anhelo de aproximarse a galaxias lejanas, Silvia y Andrea se dejan embeber por los atardeceres campestres. Entre el museo y la ribera del río, sitio predilecto donde abundan los encuentros cercanos con luces extrañas, la relación madre e hija destella en sus diferentes matices, a veces, en complicidad y dependencia; otras, en diferencias y temores. Sus viajes en ruta y campamentos astronómicos se vuelven tan cotidianos como las cervezas compartidas sobre el capó del auto y que reemplazan –solo por un instante– a los binoculares y a las cámaras.

En contrapartida al registro del día a día de las ufólogas y las extensas discusiones sobre la verosimilitud de tal o cual video, Schonfeld incluye materiales de archivo conservados por ellas mismas a lo largo de más de dos décadas. Las  grabaciones de objetos voladores no identificados captados en una handycam dialogan con otros objetos luminosos registrados a lo largo del tiempo en otros soportes, a veces con otra textura, otro movimiento, otro tipo de píxeles. Aún así, la experiencia irrepetible de haber filmado aquellas imágenes palpita en el cuadro: el pulso tiembla, el zoom se pierde, los diálogos en off describen con euforia aquello que ni los ojos pueden creer. Cuando la imagen es tan cercana como distante a la vez, el carácter aurático del hallazgo hace brotar una visión mágica, donde nuestros sueños y necesidades se proyectan sobre el infinito. Por otro lado, en los desplazamientos de un pueblo al otro, madre e hija son cazadoras de evidencias. No solo se ocupan de captar con mayor detalle posible cada marca inexplicable, sino que se entrevistan y filman a ellas mismas, como si estuvieran constatando su presencia en dichos sitios, al mismo tiempo que buscan conservar su memoria sin pérdida alguna en una solución de formol.

Luminum irradia calidez y cariño sobre sus protagonistas. A la par que la imagen busca en otras imágenes señales de existencia en otro planeta, y espera con serenidad atestiguar un avistamiento, la cámara reposa en el suelo y encuentra vida en los vínculos afectuosos que se tejen no sólo entre madre e hija sino además con los visitantes del museo, entre ellos personajes curiosos de otros universos como Benigno y Alejandro. Tal como el afecto reside en lo que ocurre con Silvia y Andrea durante esas largas horas de contemplación, el equipo de filmación es también partícipe de la espera y de su recompensa. “Y yo estoy acá, filmando a vos”, exclama Schonfeld fuera de cuadro cuando Silvia afirma que aquello que se mueve en el cielo es un ovni, pero el encuadre permanece estático, preso de un momento de fascinación y contagio colectivo, donde la sonrisa de la mujer desborda del plano.

La banda sonora evoca el espacio. Las notas creadas por un sintetizador emite señales eléctricas audibles sobre los puntos blancos de otras grabaciones que de pronto bailan con la melodía de una canción de cuna. Estas secuencias musicales donde los ovnis parecieran estar bailando, permiten imaginar comunicaciones interplanetarias que palian la melancolía de la soledad, tanto en la tierra como en el espacio. Lo que sucede a billones de kilómetros de distancia conversa con miedos y deseos humanos que al fin y al cabo podrían ser compartidos con otros seres. Pese al abismo entre un mundo y el otro, la imagen cinematográfica une tiempos y distancias disímiles, una caricia que cobija encuentros posibles aunque sea en la ficción, a la par que se divierte con disfraces de cartón y papel aluminio que entibia nuestra inocencia.

Cuando lo inexplicable se vale de registros para probarse, y a su vez estos registros son cuestionados como tal, la imagen puede ser más que una imagen. Es así que el interés de Luminum no recae en la comprobación de un hecho, sino en lo sobreviene a uno cuando las pruebas abundan, o, en su defecto, cuando el amor excede la lógica. Luminum es, ante todo, la constatación de un amor. ¿Acaso un cinéfilo no es también un cazador de imágenes? ¿Acaso un cinéfilo no encuentra en los planos que colecciona en su memoria las pruebas de su devoción? El cine concede fantasías, permite viajar en la imagen. Porque en el cine, los viajes intergalácticos son posibles, incluso a bordo de un auto viejo. Con la misma pasión que Silvia y Andrea vigilan el cielo, me sumerjo en la pantalla. Miro, aguardo, busco el fulgor incomprensible de un plano y encuentro en la belleza de lo efímero algo mágico. Porque a veces, solo es necesario creer. Tal vez así, algún día me quede dormida y despierte en otro planeta.

*Esta crítica fue publicada en El Espectador Imaginario / N° 134 – Julio 2022 / http://www.elespectadorimaginario.com/luminum/

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